La evidencia muestra que ciertos estados de ánimo pueden favorecer decisiones impulsivas frente a la comida, mientras que las estrategias de regulación, el registro de conductas y la atención clínica resultan claves cuando el patrón se vuelve persistente.
La comida puede ofrecer una pausa ante el malestar, pero ese alivio suele ser breve. La alimentación emocional describe el acto de comer como respuesta a estados de ánimo y no al hambre física. Se trata de un patrón frecuente que requiere atención cuando se convierte en la principal estrategia para regular lo que se siente.
El vínculo no se explica por una falta de voluntad. El estrés activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, un sistema que participa en la respuesta corporal ante las amenazas. En algunas personas, esa reacción se asocia con mayor apetito y con preferencia por productos de alta densidad energética. En otras, puede reducir la ingesta o llevar a saltear comidas.
Fuente: INFOBAE.
