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Catia vieja y las costumbres rememoradas por Trinita.

Redacción Batalladeideas
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Caracas, 28 mayo, (batalladeideas.com).- Preludio: “William Ascanio Noguera/ hombre de tuerca y tornillo/ no puedes decirle hola/ porque te solicita un cuartillo…”. Se trata de algo con auténtica pureza. Nada de politiquería superficial ni de corrupción… Quizás una breve biografía –sin intención– morfológica, de origen y de tradiciones de Catia… ¿Y qué ocurrió con las célebres rebatiñas?

De esta manera caracterizaba el viejo Luis Mariano Ascanio, sastre de profesión, a su hijo maraco, en tono de broma, aunque la situación era seria, ya que los chicos de mediados del siglo XX eran así, ansiaban tener una locha para ir a la pulpería más cercana a adquirir sus más dulces deseos, las golosinas de la época: papelones, suspiros, melcochas, aliados y diversas conservas.

Solicitar a los ancianos una locha (moneda de 12.5 céntimos de bolívar) o una puya (que equivale a un centavo o 5 céntimos) no era mal visto. En cambio, era casi una costumbre. Siempre que se mantuviera dentro de los límites del respeto, como parte de un juego cuya finalidad era satisfacer un deseo infantil o quizás juvenil: disfrutar de una golosina y compartir en familia.

Debido a la rigurosidad de la educación en casa, generalmente se solicitaba la contribución a un hermano mayor o a primos o tíos que regresaban del trabajo. Ellos, conscientes de la solicitud que les aguardaba en casa, llegaban listos. Introducían la mano en los profundos bolsillos de sus amplios pantalones de moda, estilo padrino, y extraían un montón de lochas o, en ocasiones, puyas, resultado de un fuerte o cachete (cinco bolívares) que habían cambiado en sencillo (pichache) para arrojar al aire con el ansiado grito de “rebatiña”…

Por el suelo circulaban los anhelos, los éxitos, las metas de esa inocente niñez, por más que pudiera parecer trivial el valor de cada moneda.

EL PEPAZO

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