Al contrario de lo que se ha pensado durante años, su impacto en la salud es menor del que se creía; por el contrario, crece la importancia de otras capacidades físicas, como la fuerza
dificultad para atarse los zapatos sin flexionar la espalda, incapacidad de elevar los brazos sin percibir un peso en los hombros, no poder recoger un objeto del suelo ni girar el cuerpo para observar hacia atrás. Todas estas acciones comparten un rasgo: la ausencia de flexibilidad.
«Es la habilidad que poseemos para mover una articulación dentro de un rango de movimiento normal, sin que ello represente un esfuerzo para la unidad músculo-tendinosa», explica Fernando Ramos, presidente de la Asociación Española de Fisioterapeutas (AEF) y secretario en la junta del Colegio de Galicia.
Este concepto implica la combinación de la movilidad de las articulaciones, que es la capacidad de movimiento que poseen, y la extensibilidad muscular, que se refiere a la habilidad de alargarse.
La capacidad física se reduce al envejecer y por la falta de ejercicio. Se refuerza con el encogimiento de los tendones, con malformaciones óseas y con la reducción de la elasticidad de los tejidos.
«Es un componente del proceso natural de envejecimiento y está relacionado tanto con la disminución de la elasticidad de los tejidos y las articulaciones, como con alteraciones en el comportamiento neuromuscular», indica el especialista.
Trabajarla no solo es factible, sino esencial, puesto que su desarrollo evita y optimiza las estructuras osteoarticulares y musculares. De hecho, cuando una persona no tiene esto, el peligro de daño se eleva. Ramos enfatiza que es un aspecto que merece atención, ya que a veces puede ser causa de dolor musculoesquelético.
Una flexibilidad que hoy en día se ve impactada por los trabajos sedentarios y las horas que una persona permanece sentado: «Esto puede resultar en acortamientos de ciertas cadenas musculares que están estrechamente relacionadas con el dolor músculo-esquelético», aclara.
Con Informacion de LA VOZ DE LA SALUD
