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El paradójico impacto de los modernos parques eólicos en una de las regiones más pobres de Colombia.

Redacción Batalladeideas
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Río Hacha, 13 mayo, batalladeideas.com.- Al salir de su hogar en La Guajira, en el norte de Colombia, José Luis Iguarán se topa con una fila de diez majestuosos aerogeneradores que se extienden sobre un terreno lleno de cactus en dirección al mar Caribe.

La comunidad indígena Wayuu, a la que pertenece, ha habitado en esa seca área por siglos gracias a la pesca, el cuidado de cultivos, el pastoreo de cabras y la recolección de sal.

En esa región soplan algunos de los vientos más fuertes del país, por lo que La Guajira se ha transformado en el núcleo de la transición de los combustibles fósiles a las energías renovables.

Sin embargo, esta ambición ecológica ha encontrado tanto oposición como reflexión entre los habitantes, cuyo territorio está vinculado a la cultura, la tradición y a una intensa conexión con la naturaleza.

«Al despertar, de pronto, ya no puedes ver los árboles.» Por otro lado, puedes ver y oír las turbinas», relata Iguarán.

Su comunidad ahora comparte el área con Guajira 1, uno de los dos parques eólicos en funcionamiento en Colombia. Existen otros 15 en construcción en esta misma área y hay planes para desarrollar docenas más.

Un cambio que también ofrece ventajas.

«Durante la noche, el sonido de las turbinas interrumpe nuestros sueños.» «Para nosotros, los sueños tienen un valor sagrado», comenta Iguarán.

La comunidad Wayuu cuenta con una población de alrededor de 380.000 individuos en Colombia, que se extiende hacia Venezuela, y poseen tradiciones y creencias únicas.

En su perspectiva del mundo, por ejemplo, los sueños actúan como un enlace con el ámbito espiritual, en el que obtienen comunicados de sus ancestros que después se analizan en el núcleo familiar.

Sin embargo, a pesar de las alteraciones culturales, Iguarán sostiene que su comunidad ha obtenido beneficios de Guajira 1. La compañía de energía que lo sostiene es la colombiana Isagen.

BBC NEWS MUNDO

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