Londres, 2 junio (batalladeideas.com).- En 1826, la humanidad tuvo la fortuna —quizás por accidente— de experimentar un cambio que transformaría permanentemente nuestra manera de producir luz y calor.
El farmacéutico inglés John Walker estaba combinando productos químicos para crear explosivos cuando, por accidente, un bastón empapado con la mezcla chocó contra una roca frente a su chimenea y se prendió fuego de manera espontánea.
Walker nació en 1781 en Stockton-on-Tees, Durham, un puerto de la era de la Revolución Industrial.
El motor que movía a la ciudad, la máquina de vapor creada por James Watt, se presentó comercialmente en 1776. El primer tren público con locomotoras de vapor arribó a Stockton en 1825.
Cuatro años más tarde, la «Rocket» de George Stephenson probó que las locomotoras a vapor eran capaces de mover trenes de pasajeros a 50 km/h.
Pronto, los trayectos que antes tomaban 12 días a caballo se realizaban en solo ocho horas.
No obstante, para avivar las llamas que generaban esta energía, las personas continuaban batallando con pedernal y acero o intentando conservar las brasas encendidas de manera constante.
Esto continuó hasta que el hallazgo fortuito de Walker transformó la producción, uso y movilidad del fuego.
Walker, con formación de cirujano, se convirtió en farmacéutico, desalentado por la brutalidad de los quirófanos del siglo XVIII.

Hacia 1826, pasaba la mayor parte de su tiempo creando medicamentos, no solo para personas, sino también para caballos, vacas e incluso aves, según Alan Middleton, autor de A Tale of Hope and Despair: North of England Match Co West Hartlepool 1932-1954.
«Walker era un individuo astuto y extremadamente gentil, y hay quienes sostienen que incluso era un insurgente», dice Middleton.
«Una de sus aficiones era la química, y combinaba compuestos químicos para crear cápsulas explosivas [los artefactos que permitían disparar armas] para sus amigos agricultores.»
BBC/BDI
