Batalladeideas.com, 06 abril.- La «revolución de los vinos no añejados» no es sino la misma transformación que impacta a todos los sectores del planeta.
Cosecha, crianza, reserva, gran reserva y, por supuesto, CVC. O sea, las letras que representan «conjunto de diversas cosechas»; una expresión que, desde al menos 1974, suele referirse a lo más bajo de lo bajo del vino español. O eso creían la mayoría de los reguladores, de la industria y, principalmente, de los consumidores.
¿Y eso qué? ¿Por qué razón? Los estándares europeos permiten incluir hasta un 15% de vino de cosechas previas para «mejorar» el vino de la añada actual. En resumen, salvo en sistemas como los de crianzas y soleras, el vino es en gran medida fortuna embotellada.
Cada cosecha resulta de una singular combinación de factores humanos, climáticos y geológicos: cada botella representa el resultado de una extensa charla entre la naturaleza y el ser humano.
Por eso, la costumbre nos indicaba que era un mal indicio el que una cosecha requiriera más de ese 15%. Había mucho que corregir.
Sin embargo, eran ideas preconcebidas. En 2017, Marcos Eguren lanzó al mercado un cvc a 750 por botella. Las personas se sorprendieron, pero fue únicamente por prejuicios. No solo es que el Sierra Cantabria no ha dejado de aumentar su precio, sino que ciertos vinos destacados (y costosos) del país ya eran cvc: el mejor ejemplo es el Reserva Especial, la cúspide de la línea más premium de Vega Sicilia.
En un entorno social donde los «vinos copiados» emergen con fuerza y el cambio climático desafía a las bodegas de las principales áreas vitivinícolas, no tiene sentido elaborar con una mano atada.
XATAKA
