Milán, 17 abril, batalladeideas.com.- «Al verla por primera vez, no podía imaginar el estado en el que estaba la obra.» No podías observar la obra original, estaba totalmente tapada por yeso y otras capas de pintura. Llevaba cinco o seis capas sobre él. Tuve que cuestionarme si realmente era un Leonardo o no, ya que estaba totalmente irreconocible.
Esta fue la respuesta de la italiana Pinin Brambilla, una de las mayores expertas a nivel mundial en la conservación de frescos renacentistas, al verse cara a cara con La última cena.
Era 1977 y Brambilla —quien murió en 2020— había aceptado el desafío de restaurar la magnánima obra de Leonardo da Vinci encargada por el duque de Milán Ludovico Sforza hace más de 500 años.
No era la primera en intentar rescatar este impresionante mural de 4,5 metros de altura que adorna un muro del refectorio (comedor) del monasterio de la iglesia de Santa Maria delle Grazie en Milán.
Antes que ella, otros habían buscado rescatar esta obra condenada a desaparecer, pero esos intentos habían terminado en un total fracaso.
Desde que Da Vinci concluyó la obra en 1498, «seis restauradores han estado trabajando en la pintura. «Cada uno de ellos transformó la apariencia, las cualidades y las manifestaciones de los apóstoles», comentó Brambilla a la BBC en 2016.
Mateo, por su parte, era un joven, pero los repetidos intentos de frenar el deterioro del mural lo habían transformado en «un hombre anciano, de cabello oscuro y cuello corto».
Jesús, aunque no había cambiado tanto, «había perdido algo de su humanidad, de su belleza», comentó Brambilla.
«Nuestro objetivo con la restauración fue devolver el carácter a cada persona.» «Y eso resultó ser muy emocionante», comentó.
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