En una sociedad que demanda felicidad permanente, el sufrimiento de los niños se censura, se rechaza o se transforma en espectáculo. ¿En qué lugar reside la opción de albergar el trauma sin solucionarlo?
Esa historia se reproduce como una epidemia de emociones. Infancia plena, sin heridas ni oscuridad. Y en el extremo opuesto, la infancia reducida al sufrimiento intenso, vulnerable sin protección, sin marco.
Todo se presenta: lo oculto del trauma y lo indecente del espectáculo. Nuestro tiempo se mueve entre dos extremos igualmente agresivos: ocultar el sufrimiento infantil o mostrarlo descontextualizado, como si fuera un producto de consumo. En ambos casos, el dolor se descontextualiza y, por ende, no puede ser contenido. Se transforma en un producto emocional: o se oculta, o se exhibe. Sin embargo, en ninguno de los dos sitios se oye.
Ante esto, es vital una ética del cuidado que reestablezca el rol del adulto como protector, no como observador ni censurador de las emociones en la infancia. Ser adulto no implica dominar lo que siente el niño, sino acompañarlo, apoyarlo, brindar un espacio donde el sufrimiento pueda manifestarse sin ser juzgado.
La docuserie Malas influencias revela el lado oscuro de las redes sociales: donde se difunden risas infantiles, también se ocultan acuerdos desmedidos, silencios coercitivos y un sufrimiento que se disfraza para ser aceptable.
Con Informacion de INFOBAE.
