Washington, 28 septiembre, (batalladeideas.com).- En solo ocho meses de su segundo periodo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ya ha hecho que muchos hablen sobre la inclinación hacia una dictadura en su país, basándose, entre otras razones, en sus constantes y a menudo desmedidos ataques a la libertad de expresión.
Hemos podido revisar varios artículos y análisis en los medios estadounidenses acerca de cómo el casi octogenario líder está empleando su poder para retaliar contra sus oponentes, contra aquellos que considera que lo han dañado en el pasado, especialmente a los del Partido Demócrata o a quienes de alguna manera desafían su ideología o sus deseos.
Esos mismos medios y sus periodistas son constantemente atacados por un presidente iracundo que no tolera ninguna perspectiva diferente a su manera de ver el mundo y ha convertido la amenaza en una de sus herramientas favoritas desde antes de obtener la victoria electoral.
Hasta luego, libertad. Desde su juramentación en un banquete similar al de un emperador contemporáneo, Trump ha atacado la Primera Enmienda de la Constitución de EE. UU., considerada sagrada por muchos, ya que garantiza las libertades de religión, expresión y reunión.
No pasó mucho tiempo antes de que demostrara su dirección al decidir, a su antojo, cambiar el nombre del Golfo de México, establecido en 1550 y reconocido a nivel internacional, a Golfo de América, lo que provocó que la agencia Associated Press (AP) se negara a adoptarlo, por lo que excluyó a sus periodistas del grupo que acompaña al presidente en los vuelos en el Air Force 1.
Incluso fue más lejos, ya que en febrero privó a la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, una entidad autónoma, del derecho a elegir a los que forman parte de esa rotación, tal como había sido desde 1950.
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